No. 6 — Gezellig
Sobre un pueblo en la frontera, el periódico en la puerta y ramos de tulipanes.
Son las siete y pico de la tarde de un martes de abril. Estoy sentada en el sofá de cuero negro mientras las noticias holandesas suenan de fondo. Se están echando la siesta.
Esta mañana fuimos a la floristería. Salimos su abuela, su hermana y yo con un ramo de tulipanes cada una. Le compré semillas a mi abuela: de girasoles, rosas, flores que no sé ni pronunciar y tomates holandeses que, aunque ella tiene los mejores del mundo en su huerta, me pareció divertido.
Llevo casi dos semanas en un pueblo en la frontera entre Países Bajos y Alemania. En menos de veinte minutos andando llegas al puente que delimita el final. Dos supermercados, una librería, la zapatería de siempre. Ningún edificio tiene más de dos plantas.
Llegamos desde Ámsterdam. Algo más de dos horas en coche hacia el este y, en algún punto del trayecto, por mi ventanilla derecha, desaparecieron las autopistas y aparecieron las granjas. Casitas de ladrillo. Una blanca con puertas verde oliva que me enamoró. Familias enteras en bicicleta. Y la suerte de verlo en primavera, con sol y lleno de flores de colores.
No es que el tiempo esté parado. Eso sería lo fácil de decir, lo cliché, y también lo inexacto. Es que aquí las cosas mantienen su esencia. La zapatería del pueblo tiene un escaparate de madera oscura que invita a entrar. Y no solo a entrar, a quedarte. Aunque sea la primera vez que la ves, se siente la de siempre. Pequeñita, de un solo piso, sin nada extravagante. Sin ads en TikTok, sin estrategia de contenido, sin marketing. Un escaparate.
Los vecinos vienen a tomar café a casa sin avisar. Y está bien.
Hay una palabra en holandés que no tiene una traducción exacta y que me encanta: gezellig. Acogedor, familiar, cálido, agradable. Una tarde-noche al lado de la chimenea. Una conversación que no tiene prisa con tus personas favoritas. El café que se toma despacio porque no hay ningún otro sitio donde estar. Eso es gezellig. Y este pueblo lo es entero.
Bajo las escaleras y, en la entrada, está el periódico. Ya lo entregaron esta mañana. Abro la puerta del salón: suena música clásica, huele a café recién hecho. Nos lo tomamos juntos. A veces hablando de lo que se va a hacer en el día, mirando por la ventana al pájaro que lleva ramitas del árbol del jardín porque está construyendo un nido, o haciendo los sudokus del periódico del día. Me encantaría poder leerlo, pero, de momento, mi holandés se limita a lo básico para comunicarme con oma, la abuela de mi novio.
Por la noche ahí estamos las dos, con una libreta y un boli, ella con sus gafas, practicando vocabulario y fonética. De mis momentos favoritos del día es cuando le da un ataque de risa porque pronuncié alguna palabra mal y significa algo completamente distinto a lo que quería decir.
No es mi país. No es mi idioma. La comida es diferente, los horarios son diferentes, las distancias son diferentes. Y, sin embargo, me siento en casa. No sé si es él, que siempre hace que me sienta en casa en cualquier sitio, o si es algo en este lugar que no te sé decir qué es. Probablemente ambas.
Vengo de Madrid. Donde te acabas de levantar y ya sientes que vas tarde. Caótica, ruidosa. Si vives aquí, probablemente tengas que esquivar a la gente por la calle para llegar a tu trabajo. Estímulos constantes, pop-ups diarios, restaurantes nuevos, todo nuevo, todo el rato. Y me encanta.
Pero, de repente, llego a esto: el jardín, los pajaritos, el periódico.
Ya no me tomo el café haciendo doomscrolling. No me maquillo escuchando un podcast, aunque me siguen encantando. Mi tiempo de móvil ha bajado a menos de una hora al día.
He tenido que escapar de mi rutina para ser consciente de lo que tengo delante. Y no de lo que otros me enseñan a través de su cámara frontal y un foco.
Y esto me enfada.
Esta tarde, oma estaba recogiendo la ropa tendida en el jardín. Él cortaba leña suficiente para tener la chimenea encendida hasta irnos a dormir. Su hermana se echaba la siesta. Yo llevaba horas al piano, había terminado los pasatiempos del periódico de hoy y no sabía ni dónde estaba el móvil.
Me di cuenta al momento.
Estaba aburrida.
Por fin.
Gimnasia rítmica, natación, pádel, baloncesto. Piano, lenguaje musical, dibujo. El último año y medio especialmente: prácticas universitarias de lunes a viernes, último año de carrera. Mi trabajo actual, fines de semana. Y, cuando terminaron las prácticas, el TFG. Se sentía literalmente como Hannah Montana.
Siempre algo, siempre compaginando, siempre al cien por cien. Porque si no, no lo hago. Porque si algo no sale en el entrenamiento, te quedas después hasta que sale. No por presión de nadie. Por mí.
Pero esta tarde no había nada que practicar. Nada que terminar. Nada que demostrar.
Y estuvo bien.
Come saludable. Hazte el meal prep el domingo. Entrena tres o cuatro veces por semana. Camina diez mil pasos al día. Bebe agua. Trabaja. Cuida a tus amigos. Llama a tus padres. Pasa tiempo de calidad con tu pareja. Hazte la rutina de skincare, cuanto más larga, mejor. Ten la casa limpia. Estudia. Lee. Haz journaling. Ten tiempo libre.
No podemos más.
Y, mientras tanto, hay cumpleaños de abuelas que se pierden porque hay una presentación de PowerPoint súper importante que presentar mañana en el briefing de las nueve. Hermanos pequeños que crecen y ya no son tan pequeños como los recordabas cuando vuelves. Bromas que no entiendes porque no estabas. Comidas del domingo a las que siempre llegas tarde o directamente no llegas.
Y todo esto pasó sin querer. Sin ser consciente de que, en algún punto, dejaste de preguntarte a quién le estás dando el tiempo que no te sobra.
No es un juicio. Es una pregunta.
He aprendido que la cabeza no necesita una tarea siempre. Te prometo que no va a explotar por no tener un checklist interminable. Que es necesario parar de verdad. Y no hablo de esas vacaciones en las que acabas respondiendo un mail igualmente porque aparece marcado como urgente.
Yo soy la primera a la que le encanta el caos de la ciudad. La que paga diez euros por un speciality coffee y cinnamon bun en cualquier cafetería que me parezca mona de mi barrio favorito. Esto no va de elegir entre una cosa y la otra.
Va de que, a veces, el privilegio es no tener nada que hacer.
Y aprender a no llenarlo.
El nido ya está terminado. Oma ya recogió la ropa. Las brasas de la chimenea se están apagando.
Te veo el lunes que viene.
Doei doei.
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08:30 a.m.
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