No. 5 — ¿Y si me voy?
Sobre el impulso de irse, las vidas que no se vivieron y una tarde en el porche con mi abuela.
Son las dos y algo del mediodía del domingo. Voy de copiloto. Por la ventana, Ibiza. Verde, salvaje, con un cielo tan azul que parece de mentira. Acabo de comer mi plato favorito: paella de marisco y pescado en mi sitio favorito de la isla. Suena Suonno de Capinera de fondo. Y, sin que nadie me pregunte, sin venir a cuento, me encuentro pensando lo mismo de siempre.
¿Y si me voy?
Me gradué con buena media. Conseguí el trabajo que quería, en la industria que quería, en una empresa que mi yo de dieciséis años no se habría ni atrevido a imaginar. Sin conexiones previas, sin el apellido aparentemente correcto. Sola.
Y, aun así, llegaba y ya estaba pensando en marcharme.
Durante mucho tiempo pensé que algo fallaba en mí. Que la gente normal consigue lo que quiere y se queda tranquila. Que quizá yo no sabía disfrutar las cosas, que me autosaboteaba, que algo en mí no funcionaba del todo bien.
Últimamente, lo pienso distinto. No es que no sepa quedarme. Es que nunca he tenido suficiente con una sola versión de las cosas.
Un verano en Irlanda con una familia que me recibió con una tarta, como en las películas, y me presentó a los vecinos. Un mes en Hawaii, jeep, atardeceres en volcanes, una vida que a las seis de la mañana ya había empezado, colores que no existen en ningún otro lugar y una conexión con esas islas que todavía no sé cómo explicar. Un verano en Estados Unidos, trabajaba en Disney. Residencia universitaria, frat boys, beer pong, la extraña sensación de vivir en una burbuja tan intensa que sabes, mientras la vives, que nada de eso existe fuera de ahí. Un verano en Barcelona. Me acababa de mudar con mi novio. Veinte años. Trabajaba en Paseo de Gracia, escapadas a la Costa Brava, faldas, sandalias, amanecer en la Barceloneta.
Cada vez que lo hice, lloré. Me sentí sola. Tuve miedo.
Y cada vez aprendí cosas que no se aprenden de otra forma.
Hay una versión de ti que solo aparece cuando estás en un sitio donde nadie te conoce. Donde el idioma no es el que escuchabas en casa y una parte tuya, por muy bien que lo hables, se pierde. Donde no hay nadie que te pueda rescatar ni decirte que todo irá bien. Cuando dependes únicamente de ti.
Es una versión incómoda. Sin rutina. Más silenciosa. Sin el grupo de WhatsApp de las de siempre, sin el sitio de siempre, sin la versión de ti misma que ya sabes de memoria. Y la extraña libertad de no ser todavía nadie en ese lugar.
Y hay algo en esa incomodidad que me parece adictivo. Porque, en esos momentos, cuando no sabes si vas a poder, cuando te sientes con miedo, cuando te preguntas en qué momento te pareció buena idea irte, en esos momentos eres tú entera. Sin filtro, sin contexto, sin la historia que los demás tienen de ti.
Mi abuela viene de una aldea pequeña, de una familia trabajadora. Quería ser azafata. En los sesenta. Quería Marruecos. Nueva York. Japón.
No pudo. Pero eso no significa que se haya paralizado. Cruzó el océano en barco y se fue a Argentina. Ha viajado por media Europa. Suiza. Croacia. Grecia. Ha formado una familia. Tiene su casita de campo desde la que ve a mi abuelo trabajar en el jardín a través de la ventana mientras ella hace una ensalada con los tomates que acaba de recoger de su huerta.
Verano. Empieza a caer la tarde. Siempre estamos en el porche, jugando a algún juego de cartas que le encanta, como el chinchón, hablando de todo y de nada con un trocito de bizcocho de yogur que ha preparado esa misma mañana. Una de esas muchas tardes, ella había preparado café en su cafetera italiana de siempre y había un jarrón con flores que había cortado esa mañana del jardín. Ya llevábamos la chaqueta puesta; serían sobre las siete de la tarde. Y me lo contó. Sin dramatismo. Sin amargura. Con esa nostalgia muy específica de quien sabe exactamente lo que se quedó sin vivir.
Hay cosas que sabe que no van a pasar ya.
Ella sabe que yo me quiero ir. Me apoya. Siempre, absolutamente siempre. Pero hay una mirada suya que no dice nada y lo dice todo. ¿Tan lejos?
Las dos lo sabemos. Y ninguna de las dos dice nada.
Yo tengo lo que ella no tuvo. No lo digo desde la culpa. Lo digo desde la responsabilidad.
Hay algo en nuestra generación que me asusta, y no es la falta de ambición de la que tanto nos tachan. Es el miedo. Miedo a enamorarse y que salga mal. Miedo a mudarse con alguien por un “y si no funciona”. Miedo a dejar un trabajo que te da ansiedad los domingos por la noche con veinticinco años porque, al menos, es seguro. Miedo a equivocarse, a volver atrás, a que te vean empezar de cero.
Y, mientras, la vida pasa en modo automático. Trabajas. Llegas tarde. Haces las cosas de casa. El fin de semana, lo último que quieres es pensar: en cómo estás, en qué necesitas, en si esto es lo que querías. Lo último. Así que no lo haces. Y el lunes vuelves a empezar.
Nadie te obliga. Pero nadie te para.
¿Qué pasa si te rompen el corazón?
Nada.
¿Qué pasa si llegas a una ciudad nueva sin conocer a nadie y tienes que hablarle a cada persona con la que coincides en el ascensor y preguntarle si quiere ir a tomar un café?
Nada.
¿Qué pasa si te equivocas y tienes que volver exactamente a donde estabas?
Nada.
Absolutamente nada.
Siempre he sido la hija que es más feliz en la otra punta del mundo, en un avión a seis mil kilómetros de casa. Y no sé si me volveré a ir. Probablemente sí.
Hay días que lo tengo clarísimo y días que no. Hay algo en la comodidad de lo conocido que también me parece honesto reconocer: no todo lo que da miedo merece la pena y no toda la incomodidad lleva a algún sitio. Pero hay una diferencia entre quedarse porque has elegido quedarte y hacerlo porque nunca te preguntaste si podías irte.
La canción ya ha terminado y estamos llegando a casa.
¿Tú te vas a ir?
x
08:30 a.m.
Si disfrutas leyendo La Carta del Lunes, me encantaría:
Leerte en comentarios. Recuerda que esto es una conversación.
Que compartas la carta. Las mejores cosas siempre llegan recomendadas.
Vernos cada lunes a las 08:30 en tu bandeja de entrada.








Te descubrí esta tarde gracias al algoritmo de Tik Tok y por una vez no me arrepentí de haber entrado. Gracias a eso también descubrí esta plataforma. Leí tu carta de bienvenida y no pude resistirme a empezar yo también a escribir cositas por aquí. Gracias por inspirar (y por compartir).
Me rompiste con el "¿tan lejos?", pero escribes hermoso, gracias por publicarlo