No. 9 — Lo que nadie me contó de la industria de la moda.
Esto es lo que me hubiera gustado leer antes de entrar.
Son las 22:47 de un jueves. Estoy en el sofá con las piernas recogidas y una luz que no da para leer bien. Esta semana se estrenó la segunda parte de The Devil Wears Prada.
No sé si sabes lo que eso significa para una chica de los 2000 que creció queriendo estar dentro de esta industria. Para mí significa que la película que lo empezó todo tiene continuación. Y que yo, con veintitrés años y casi dos trabajando en una de las casas de moda que más he admirado en mi vida, fui a verla pensando en la niña que acababa de encontrarse por primera vez con Andrea Sachs, sin saber nada de lo que vendría después.
No me acuerdo cuántos años tenía. Iba en la ESO, y estaba en ese momento en el que te empiezan a preguntar qué vas a querer estudiar en la universidad. Ni siquiera sabía quién era ni qué quería. Mucho menos me veía capaz de tomar una decisión que afectaría a los próximos cincuenta años de mi vida. No sé. Algo en esa película hizo clic.
No pude evitar pensar en ella cuando, esta semana, me senté en el cine con mi paquete de palomitas dulces. En todo lo que aún no sabe. En todo lo que le viene por delante y que yo, ahora, conozco. Y pensé que me gustaría sentarme con ella a tomar un café. Contarle esas cosas que nadie nos contó y que me hubiera gustado saber antes de entrar.
Quizá esta carta sea ese café.
Así que si estás leyendo esto y todavía no has entrado: siéntate.
Esto es para ti.
Antes de empezar, una aclaración: no tengo veinte años de carrera ni voy a hacer afirmaciones categóricas. Lo que tengo es casi dos años trabajando en dos ciudades distintas dentro de una de las firmas que más he admirado, y la sensación cada vez más clara de que nadie te prepara del todo para esto.
Lo que sigue es lo que le diría a mi yo de dieciséis años. Lo que una hermana mayor, que no tengo, nunca me dijo.
1. No existe un solo camino correcto.
Hay una escena en la primera película que lo dice todo. Miranda Priestly mirando a Andy, que acaba de reírse de dos cinturones idénticos, y explicándole, con esa calma de quien no necesita alzar el tono, que el jersey azul cerúleo que lleva no fue elegido al azar. Que fue una decisión de diseño tomada años antes en un desfile para acabar, años después, en tiendas de fast fashion y en el armario de alguien como ella. Alguien que se toma demasiado en serio como para pensar que la moda va con ella y que termina comprándolo creyendo que es ajena a la industria.
Independientemente de lo que uses, siempre estás usando moda. La que alguien, en algún momento, decidió exactamente que ibas a usar.
La industria de la moda es el resultado visible de decisiones tomadas con años de antelación por personas que estudian el comportamiento humano, social y político. Desestimar su importancia es una forma soberbia de decir que no entiendes cómo funciona el mundo.
A mí siempre me interesó más la industria que la moda en sí. La estrategia. Los juegos de poder. Quién se sienta al lado de quién en un desfile y lo que eso significa. Cómo una colección es también un discurso político, un posicionamiento de marca, una declaración de intenciones. Por eso estudié Relaciones Internacionales cuando todo el mundo esperaba que eligiera algo con la palabra fashion en el título.
Era mi primer día de clase. El profesor de International Relations Theory and Fundamental Principles pidió que levantara la mano quien quisiera ser diplomático. El noventa y cinco por ciento del aula. ¿El otro cinco por ciento? Política o derecho internacional. Efectivamente, yo no levanté la mano en ninguno de los dos grupos.
Y sí, mis compañeras de universidad tenían un reminder en el calendario del iPhone para la ponencia de Ursula von der Leyen. ¿Yo? Para alguna colección crucero que se iba a presentar en algún lugar del mundo. Y no, no son mundos distintos. Son el mismo mundo visto desde ángulos diferentes.
¿Por qué te cuento esto?
En la industria de la moda no existe un solo camino.
En cualquier sesión de networking, de esas a las que le damos tanta importancia y que en el fondo son un café con más ansiedad de lo habitual, puedes preguntarle a dos personas que tienen exactamente el mismo puesto y ver que su background no tiene nada que ver. Una estudió en el Institut Français de la Mode, hizo prácticas en una firma de lujo desde el principio, su madre trabajaba en la industria. Su compañera de puesto viene de un despacho, o de una agencia en una ciudad pequeña. O quizá esta es su primera experiencia profesional.
Dos historias completamente diferentes. El mismo sitio.
Lo que estudias importa menos de lo que crees. Cómo te mueves tú, absolutamente todo.
2. Nadie va a venir a buscarte.
Es una industria que no para. Nunca. Cuando ya tienes algo controlado, tienes que desaprenderlo porque ya no se hace igual. Parte de tu trabajo es entender cuál es el foco ahora y no solo verlo, sino entender por qué ese foco es realmente el foco. Ahí está el valor real.
Todo el mundo se mueve. Quien no tiene su propio proyecto tiene una marca; si no, presencia en redes sociales y una comunidad. O colabora en el proyecto de esa amiga que conoció el primer año de la escuela de diseño. Se acaba de abrir un podcast. En Fashion Week trabaja en el backstage. Y así todo el rato.
Nadie va a venir a exponerte. Pierde el miedo cuanto antes.
No sirve con ser buena. O hacer bien tu trabajo. Si nadie te ve, eso no sirve de nada.
Si tienes una idea, proponla. Lo peor que puede pasar es que te digan que no. Si te piden que lleves una propuesta, lleva tres. Si tienes una reunión, prepárala. No esperes a que te digan todo el rato lo que tienes que hacer. Esto va de sumar valor y de hacer que una industria compleja parezca sencilla a ojos del espectador.
Sal. Falla. Muévete.
3. Lo más probable es que lo vayas a hacer sola.
Toda decisión tiene un coste de oportunidad.
Hace poco me surgió una oportunidad que para mi carrera era inteligente aceptar. ¿El coste? En cuarenta y ocho horas tenía que coger un vuelo y mudarme a otra ciudad sin saber cuándo volvería.
Puedes decir que no. Claro que puedes. Pero siendo consciente de que ese “no” conlleva un coste. Un techo.
Tengo compañeras con más de veinte años en esta industria con las que me encanta tomar un café y, simplemente, pararme a escucharlas. Han ido a los mejores desfiles. De marcas que dan ganas de llorar solo por decir su nombre. Han cenado en la mesa con gente que soñaban conocer. Afterparties de película. Todo eso existe y es real.
Pero llegaron solas.
Avión sola.
Hotel sola.
Y hay algo que nadie dice en voz alta, pero me parece necesario que sepas: el coste de oportunidad no es solo tuyo.
Si tienes a alguien a tu lado que su trabajo le permite una libertad de espacio y puede acompañarte, tienes mucha suerte. Pero si esa persona tiene un trabajo convencional de nueve a seis, mudarse contigo a París porque es tu gran oportunidad significa que está renunciando a la suya.
No es siempre así. Hay veces que es compatible. Pero no es lo común.
No vas a tener cerca a tu familia. Ni a tus amigos. Probablemente cada cierto tiempo te mudes y no te acabes de sentir en casa en ningún sitio.
No es malo. Pero me parece inteligente tomar una decisión sabiendo lo que conlleva.
4. Es superficial. Y asumirlo es lo más inteligente que puedes hacer.
Tu nombre importa. Tus contactos importan. La empresa de la que vienes importa. En qué fila te sientas en un desfile y al lado de quién, importa. La marca del bolso que llevas importa.
Te guste o no.
Puedes entrar sabiendo esto y moverte de manera inteligente conociendo las reglas del juego. O puedes entrar sin saberlo y tropezar con algo que nadie te advirtió.
Hacer como que no lo ves no hará que desaparezca.
5. La copa que acabas tirando por el lavabo.
La noche está presente. Sobre todo si eres joven. Ni te cuento si estás en Fashion Week. Buena parte del networking ocurre en contextos que no se parecen a ninguna reunión de trabajo de las que te hablan en la universidad. Claro, no lo llaman discoteca ni te sirven un roncola. Es un club privado al que se entra con invitación, te pides un pornstar martini y, en medio de todo, hay ostras en hielo con limón y caviar.
En mi vida le he dado una calada a un cigarrillo. Las drogas me aterran. Y no bebo alcohol.
No te puedo decir la cantidad de veces que, por pereza de explicar que no bebo y de esperar la pregunta inevitable ¿¿¿¿Pero por qué???? Como si fuera algo trágico. Como si necesitara una anécdota que justificara una decisión así. Cojo mi copa. Sonrío. Y en cuanto puedo, voy al baño y la tiro en el lavabo.
Si tengo que ir, voy. Pero sabiendo por qué. No voy a pasármelo bien, no voy a salir como saldría con mis amigas. Voy por trabajo. Con un motivo y un objetivo.
Tenerlo claro me ha ayudado a no salir corriendo en el primer taxi que pase.
No sé si mi yo de dieciséis años habría cambiado algo después de saber todo esto.
Creo que no.
Creo que habría entrado igual, con la misma sonrisa y las mismas ganas de comerse algo que ni siquiera sabe qué es.
Y quizá sea eso lo más honesto que puedo decirte.
Te veo el lunes que viene. No faltes.
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08:30 a.m.
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Vernos cada lunes a las 08:30 en tu bandeja de entrada.






Gracias por compartir tu articulo del verdadero mundo de la moda, ya que, en cualrquier momento tendre que sumergirme dentro de la hipocresia y la arrogancia de la misma. Dado el hecho que estoy a punto de graduarme de la universidad como Diseñadora de moda, si bien técnicamente ya estoy implicada y pronto sostendre un cartón en mis manos que me recuerde todos los días mi punto de vista de la vida.
Aún, estoy muy cruda en cuando a criterio, tecnisismos y caracter para mantenerme en pie sin dejarme llevar o pisotear por su arrogancia de la moda y las tendencias y tu artículo me hizo ver que me queda un largo camino por recorrer, pero no imposible para pertenecer.