No. 8 — ¿Para quién es esto?
Sobre Instagram, el perro de alguien que no conozco y mi familia como mi mayor apoyo.
Estoy escuchando The Great Divide de Noah Kahan. Son las… bueno, da igual la hora. Estoy en el sofá con el móvil en la mano y, no sé por qué pero, llevo tres minutos viendo fotos de un perro.
No es mi perro.
No conozco a su dueña. O sí, de algo. Del baño de alguna discoteca a las dos y media de la mañana, quizá. De esas en las que en algún momento, y sin conocerla, le presté un gloss. O del instituto, de esa época en la que tener seguidores lo era todo y dabas follow para recibirlo de vuelta. Quizá es de mi ciudad.
El caso es que no la conozco. Pero sí sé cómo es su perro, que le ha cortado el pelo y que le encanta ir al parque de debajo de su casa.
Cerré la app.
Y me quedé un momento ahí, mirando la pantalla apagada, pensando en una pregunta a la que llevaba meses dándole vueltas, pero a la que tampoco quería prestar demasiada atención porque sabía que no me iba a gustar escucharla.
¿Para quién es esto?
Y no lo digo desde el enfado ni desde la superioridad. Te sorprendería lo en serio que me lo tomaba yo en 2016. Lo digo desde la confusión honesta de alguien que lleva años publicando sin tener del todo claro por qué o para qué.
Porque, pensándolo bien, ¿qué le importa a mi ex compañera de baloncesto de hace ocho años cómo es mi novio? ¿Qué le aporta a la amiga de la amiga de la prima con la que una vez coincidimos saber que me he ido de vacaciones a Formentera? ¿Y qué me aporta a mí que lo vea? ¿Su aprobación? ¿De qué? ¿Para qué?
Me decía: “lo subo para mí”. Pero si es para mí, ¿por qué recorto a la gente del fondo? ¿Por qué le pido a toda la mesa que no empiece a comer hasta que hago la foto perfecta de esa pasta carbonara? ¿Por qué hay fotos que no subo porque no quedan bien con el resto?
Para mí no. Eso no es para mí.
Tenía catorce años y convencía a mis amigas para ir a hacernos fotos a algún parking lleno de grafitis del que ahora huiría. A escaleras de edificios abandonados. A puertas del centro porque pensaba que eran instagrameables. Pobre señora que salía de su portal, camino al trabajo, y se encontraba a dos niñas, un café con mucha nata aesthetic y una mochila con tres conjuntos diferentes.
No le hacíamos daño a nadie. Y lo bien que lo pasábamos.
Subir esas fotos tenía sentido para mí. No sé si era porque los seguidores que tenías en ese momento eran la gente de tu clase, porque había una ilusión genuina en hacerlo, o porque con catorce años todavía no sabes que hay una diferencia entre vivir algo y enseñarlo.
Ahora sí lo sé. Y no puedo hacer como si nada.
Tengo una cuenta secundaria desde hace años. Empezó en segundo de bachillerato, mientras comentaba qué me entraba en los exámenes, ponía mis objetivos para la carrera en la que quería entrar, contaba cómo me salió la EBAU. En ese momento le ocultaba las stories a mi familia, no fueran a verme en el viaje de fin de curso en Mallorca con mis amigas y una cerveza en la mano. Por favor.
A día de hoy son el primer like de cada carta que publico. Los primeros en compartirla. Los primeros en escribirme cuando sale. Siempre fueron mi mayor apoyo. A veces era yo la que no los dejaba estar.
Esa cuenta fue cambiando. Se convirtió en el sitio donde comenté discursos políticos con los que estaba, o no, de acuerdo. Looks de la MET Gala. Cómo era vivir sola en una capital con dieciocho años y acabando de empezar la universidad, y sí, probablemente muchas de esas stories eran de resaca. Cambios físicos, logros laborales, vacaciones sin filtros y cómo es dormir en un aeropuerto a las afueras de Milán con dos de tus mejores amigas.
La anécdota ridícula que no contaría en ningún otro sitio porque no es cool y no cabe en ningún carrusel ni tiene ningún sentido. Pero que, precisamente por eso, es la mejor. No pienso. Lo subo. Si hago una pregunta, me contesta gente que quiero. Saben quién soy. Cómo estoy.
Me siguen las personas que quiero que me sigan. Ni una más.
Y llevo desde principios de este año pensando en borrarme la principal.
Pero luego lo pienso y sé, por otro lado, que es la carta de presentación de nuestra generación. Conoces a alguien nuevo y le das tu Instagram. ¿Qué hago? ¿Le digo que no tengo? ¿Que lo tengo pero no publico nada ni entro a ver nada? ¿Entonces para qué lo tengo?
No sé.
Lo que sí sé es que hay una versión de ti que le das a todo el mundo. Editada, enmarcada, con la luz correcta y la gente del fondo recortada con mucho cuidado. Y hay una versión que guardas. No por vergüenza. Sino porque en algún punto entendiste que no todo lo tuyo es para todos.
La pregunta que me quedó esta tarde, mirando la pantalla apagada, no fue ¿para quién publico?
Fue otra. Una que no me había hecho antes.
¿Cuándo decidí que yo entera no era para todo el mundo?
Podría subir a mi cuenta principal lo que subo a la secundaria. Pero no quiero. No quiero darle eso a cualquiera. Y no es por miedo a que no funcione o a dar cringe. Sino porque creo que mi creatividad, mi forma de pensar, mi yo más puro no se lo quiero dar a todo el mundo.
Podría seguir, pero The Great Divide ya terminó y necesito ponerme el álbum desde el principio.
¿Tú para quién publicas?
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08:30 a.m.
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Es curioso el tema de las cuentas secundarias, para mí empezo en la pandemia como entretenimiento y se convirtió en la manera de ser la amiga a distancia pero que siempre está presente, involucrándote en su vida. Por no hablar del choque generacional entre milenials con toda su vida publicada sin filtros (como mucho el blanco y negro) frente a los ahora adolescentes de los 2010 que solo publican historias, sin caras, sin etiquetas, solo la copia de las fotos que ven en Pinterest o que creen que van acortde con su estética