No. 7 — Déjame en paz
¿Por qué hay gente random diciéndome cómo tengo que vivir?
Esta mañana, antes de levantarme, antes del café, antes de nada, abrí TikTok.
Una hora.
No sé lo que vi. De verdad que no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es la sensación al cerrar la app: la de alguien que ha estado en una cena donde todo el mundo habla a la vez y nadie, en ningún momento, se ha escuchado.
Todavía en la cama, me puse a repasar mentalmente todo lo que me habían dicho esta semana. No mi familia. No mis amigos. Gente que no conozco de nada, ni ellos a mí, pero aparentemente tienen una opinión muy firme sobre cómo tengo que vivir mi vida.
Que el gluten. Que el gluten no, que eso es un mito. Que los ultraprocesados. Que los microplásticos en el té, en los envases, en las ollas de cocina, en nosotras. Que tienes que entrenar. Que hagas cardio. Que no, mejor ejercicio de fuerza. Que reformer pilates. Que el barre es mejor. Que inviertas. Que ahorres. Que te compres una casa. Que no, que en este mercado es una trampa. Que mejor cómprala y ponla en alquiler. Que eso es especulación. Que tus veinte son para disfrutar. Que tus veinte son para construir. Que tus veinte son para arriesgar. Que trabajes mucho. Pero no tengas burnout ni te satures demasiado. Que trabajes de lo que amas. Mejor trabaja de lo que te permita vivir como quieras vivir. Que cásate joven. Que no, que primero tú. Que tarde tampoco está bien. Que el reloj biológico. Que la delgadez extrema. Que Hollywood. Que las operaciones estéticas están mal. Que no, que cada uno hace lo que quiere con su cuerpo. Que estudies más. Mejor ponte a trabajar ya, que ya es hora. Que leas. Que estás perdiendo el tiempo. Que salgas de fiesta, tienes que disfrutar. Que descanses bien, es importantísimo. Que no bebas alcohol. Que no fumes. Bueno, por un poco de vino no pasa nada. Que cuídate la piel. Que ese producto tiene tal ingrediente, no lo uses. Que uses este mejor. Que ahora resulta que ese tampoco.
Debes. Debes. Debes. Debes.
Déjame en paz.
Estoy tan harta que ni sé por dónde empezar. No con nadie en particular. Con la cantidad. Con que es constante, incesante. Que no para. Y cada uno llega con la seguridad de quien ha encontrado la verdad absoluta sobre cómo tienes que comer, moverte, ahorrar, amar, vestirte y ser.
Y lo peor no es ni siquiera eso.
Lo peor es que funciona.
Porque hay un momento en el que ya no sabes qué parte de lo que haces es tuya. Si pruebas ese nuevo hobby porque de verdad te apetecía o porque viste a mil chicas en TikTok y algo en tu cabeza lo registró como deseable. Si vas a esa cafetería porque la descubriste tú, paseando, sin saber qué buscabas, o porque apareció en un carrusel de “las diez mejores cafeterías a las que tienes que ir en Madrid” de alguien que no conoces de nada.
Ya no descubro tiendas, restaurantes, secret spots. Voy a los que me recomienda alguien que ni sabe mis gustos y, por alguna razón, hago caso.
Ya no entro en Netflix a ver qué hay nuevo y si algo me llama la atención. Veo lo que me dice que tengo que ver el tío de Letterboxd que se cree superior porque ve cine en blanco y negro, de directores rusos, durante la Guerra Fría.
¿Qué pasa si quiero ver High School Musical 3? ¿Qué pasa?
Nos hemos convertido en una simulación. Un videojuego donde todos llevamos el mismo personaje con distintas skins y lo llamamos personalidad.
Conozco a la clean girl. Matcha, aunque también le gusta el café. Reformer pilates o barre, siempre con su conjunto de Alo Yoga en algún color pastel. Journaling. Habla bastante suave. Apenas sale de fiesta.
Conozco a la chica cool. Cascos de cable porque los AirPods no van con su rollo, y probablemente los lleve enrollados o un poco rotos. Compra tacones de los noventa en Vinted. Le encanta el arte y el house. Critica a las influencers de moda que solo compran en Zara porque ella sabe mucho más de marcas nicho. Ama París. Probablemente fume, pero solo cigarrillos más finos y largos que los normales: es más chic. Bebe vino tinto. Y tiene unas Margiela. Se esfuerza en ser cool. Y lo es. Pero es igual que todas las demás.
Conozco a la que dice que la moda no va con ella. Industria superficial, postureo, no es lo suyo. Se la pasaría viajando con un bikini y unas chanclas. Tiene una opinión muy formada sobre ciertos temas sociales, pero si prestas atención, no termina de estar abierta a que nadie piense diferente. Sus amigos son como ella. Le gusta sacar fotos; en analógico, mejor. Este verano hace el Camino de Santiago. Las redes sociales le dan pereza, aunque está en todas.
No tiene nada de malo el matcha. Ni Vinted. Ni lo analógico. Ni el reformer. Ni el house. Ni París.
El problema es que, cuando intentas no parecerte a nadie con tanto esfuerzo, cuando construyes tu identidad alrededor de lo que rechazas, cuando defines quién eres por lo que no eres, acabas siendo exactamente igual que todo el mundo.
Y estoy aburrida.
Del personaje. Del coste de entrada. De que conozcas a alguien nuevo y en cinco minutos de conversación ya sepas todo: qué escucha, dónde va, a quién vota, qué come, qué opina de casi todo, qué tipo de persona le parece interesante, quiénes son sus ídolos. Sin sorpresas. Sin nada que no encaje perfectamente con el resto del cuadro.
Es como cuando compras un pack. ¿Sabes cuándo se pusieron de moda los Labubu, que en las cajas tenías unas opciones en un lateral y de esas te podía tocar uno? Pues esto es igual, solo que con personalidades. No compras un rasgo de esa personalidad, no compras el pilates, no compras la pasión por la moda, no compras el gusto por un artista. Compras todo, todo lo que incluye. El estilo de vida.
Si es que somos todos iguales.
Y luego está esa gente que entra como un rayito de luz, la que existe fuera de todo eso. Que escucha Amaral porque, desde que era pequeña, sus padres se lo ponían en el coche y, al mismo tiempo, es la primera que ves en Mondo un jueves a las tres de la mañana. La que lleva lazos, su color favorito es el rosa y entrena boxeo porque le encantan los deportes de contacto. La que quiere una familia sin renunciar a construir una empresa y no entiende por qué tendría que elegir. La que parece una princesa y su pasión es coger su moto e irse a cualquier mirador ella sola. La que es fan número uno de Bad Bunny y toca música clásica al violín.
Esa gente.
Personalidad de verdad. Y no hablo de Jacob Elordi, que es alternativo porque lee libros de autoras feministas y lleva bolso. No. Personalidad de la que no encaja en ninguna de las categorías disponibles porque es demasiado específica, demasiado suya, demasiado de verdad para caber en un arquetipo.
Llevo un tiempo en modo avión. Sin demasiada señal. No es tristeza, no exactamente. Es más bien una especie de ruido blanco permanente donde nada me mueve del todo ni hacia arriba ni hacia abajo. Y me pregunto cuánto tiene que ver con esto. Con que llevemos tanto tiempo escuchando lo que tenemos que sentir, querer y ser, que en algún punto dejamos de preguntarnos si de verdad lo sentimos, lo queremos y lo somos.
Te veo el lunes que viene. Mismo sitio. Misma hora de siempre.
No faltes.
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08:30 a.m.
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Me ha encantado leerte y coincido totalmente contigo porque estuve reflexionando sobre esto y decidí no categorizarme con nada, y grabé un vídeo para YouTube diciendo que no me gusta crear contenido cuando parece lo contrario porque lo que estoy subiendo es contenido, pero no me gusta como siempre tener que encajar siempre tener que hacer lo mismo que las otras personas, para que me acepten o sentirme validada, y quería también como salir de ello y hacer de verdad lo que me da la gana y hacer lo de la manera más auténtica posible
Gran artículo!! La que escribe estas líneas lleva el mismo tiempo que tú en modo avión.