No. 4 — Al final, nadie te pregunta cómo te llamas
Sobre conocer gente en tus veinte, el precio de entrada y la industria de la moda.
Ibiza. Marzo. Veinticuatro grados.
Me acabo de levantar. Hay una luz aquí que, por mucho que lo intento, no puedo explicar cómo se merece. Entra diferente, se queda diferente, hace que todo parezca un poco menos urgente.
Mi novio me ha traído un cortado. Como cada mañana. Y conmigo, en la cama, Luna. Su perrita. Tumbada boca arriba, barriga al aire. Cada vez que paro de hacerle caricias se gira y me mira. No hace falta más.
Llevo semanas pensando en una pregunta. ¿A qué te dedicas? Después, si hay tiempo: ¿cómo te llamas?
Y creo que empieza en un parque.
Son las 16:45 de un miércoles. 2011. Has terminado los deberes, comido tu plato favorito, y es el momento de bajar al parque de debajo de casa. Sin saber quién va a estar. Sin que importe.
En el columpio de al lado hay una niña. Es divertida. Os reís de algo que mañana ninguna de las dos recordará. Pasáis toda la tarde juntas y cuando llega tu madre a buscarte, no te quieres ir. No sabes dónde vive. No sabes cómo se llaman sus padres. No sabes si su casa es grande o pequeña, o si veranea en Saint-Tropez.
Solo sabes que no quieres que se acabe.
Así se conocía a la gente. Sin cargo, sin contexto, sin que nada importara más allá de si te lo estabas pasando bien en ese momento. Sin coste de entrada.
Después viene la universidad. Y con ella ese grupo que se forma casi sin quererlo. Por coincidencia de horarios, por los asientos en la primera clase, que importan más de lo que pensabas. Los que te han aguantado el pelo a las cinco de la mañana. Con los que te encerraste en la biblioteca para salvar el cuatrimestre en cuatro días. Bueno, en la puerta de la biblioteca, tomando el café de avellanas de la máquina y hablando con los que salían a fumar, pero la intención estaba. Los que te han visto llorar, enamorada, o eso creías, estresada. Sin ninguna versión editada de ti misma.
Sin que nadie necesitara saber nada más de ti para decidir que merecías la pena.
Y entonces llegan las prácticas.
¿En qué empresa estás? ¿Es una de las Big Four? ¿Te quedarás?
Sin que nadie lo planee, el nombre de la empresa empieza a ir antes que el nombre de la persona. Quién ya tiene contrato, quién todavía no. Esa amistad que nació sin ningún interés sigue ahí. Pero ya no es lo mismo.
Ya no somos nosotras. Somos lo que hacemos de 9:00-18:00 en un rascacielos de la Castellana.
Yo lo he vivido. Una cena. Gente nueva. En el momento en que sale dónde trabajo, algo cambia. Interesa. Hay contactos. De repente resulta chic hasta el aire que respiras. La persona que en toda la noche no había hecho una sola pregunta quiere saberlo todo. Ya casi me ha propuesto quedar mañana. Reformer pilates y brunch después, para subirlo, claro, que se vea que somos amigas, aunque sea la primera vez que nos vemos.
Yo no había cambiado. Solo había cambiado lo que sabían de mí.
En la industria de la moda esto tiene su propia versión. Más concentrada. Más honesta consigo misma, si lo piensas, porque al menos nadie finge que no está pasando.
Todo son conexiones. Qué llevas puesto. Qué título acompaña a tu nombre en tu contrato. Dónde trabajaste antes. A dónde vas a cenar. Con quién. El momento cumbre de cualquier evento es cuando alguien menciona un nombre “relevante” y la persona que tienes al lado dice, con la boca bien abierta, que son íntimos. Habrán cruzado dos frases en un cóctel hace un año. Pero son amigos.
Y luego está Fashion Week.
Me acuerdo de estar sentada en Le Progrès Marais. Espresso, pain au chocolat, qué cliché, ¿verdad? Un libro que ni llegué a abrir. En cuanto me senté en una de esas mesas individuales y me paré a mirar, lo vi todo.
Hay quien se gasta en cuatro días lo que gastaría en veinte en cualquier otro viaje. Sin invitación a ningún desfile, sin ninguna marca detrás, sin garantía de nada. Van a los coffee shops donde desayuna la gente que sí está invitada. Se quedan donde se quedan los que sí tienen acreditación. Esperan el momento de cruzarse con alguien. Una frase. Un contacto de WhatsApp en un after party mezclado con Negroni a las dos de la mañana. La mínima posibilidad de que en seis meses se abra una puerta.
Lo llaman inversión. No están del todo equivocados.
Pero en esas cenas de caviar y DJ’s europeos de madrugada, nadie empieza con hola, me llamo. La presentación es otra cosa. Yo soy, seguido de la medalla. El cargo, la marca, el proyecto. No de dónde vienes, quién eres, o lo que estás construyendo realmente. La medalla. Y en función de si la reconocen o no, deciden en tiempo real si siguen en la conversación o empiezan de nuevo con otra persona.
Tu carta de presentación no eres tú. Es todo lo que puedes demostrar antes de que alguien decida si mereces la pena.
Lo entendí antes de entrar. Entré igual.
Conozco a una chica que durante meses fue invisible en su trabajo. Era divertida, la mejor en lo suyo, de las que hacen fácil cualquier conversación. Pero no enseñaba su vida personal, no iba a los after work, no daba más de lo necesario fuera del horario laboral.
Cordial. Y completamente ignorada más allá de lo estrictamente laboral.
Un día, en la cocina comunitaria, salió el nombre de una empresa. Ella lo mencionó porque venía al caso y por ningún otro motivo. Su padre trabajaba allí.
Las preguntas llegaron de golpe. ¿Qué puesto tiene? ¿Dónde vivís? ¿Tenéis barco, no? Ella lo caló rápido, siempre lo cala, y nunca respondió lo que buscaban. Cambiaba de tema. Dejaba las preguntas en el aire con una elegancia que, sin proponérselo, los dejaba más intrigados todavía.
De repente todo el mundo quería comer con ella.
Ella no había cambiado. Solo había cambiado lo que sabían de ella.
Eso no dice nada de ella. Dice todo de los demás.
Pienso en la niña del columpio.
En lo limpio que era eso. En lo difícil que se vuelve encontrar algo así de orgánico cuando conoces a alguien pasados los veinte. No digo que sea malo, sería demasiado simple. Las conexiones importan, las industrias funcionan así, y hay algo sumamente inteligente en aprender a moverte dentro de esas reglas. Pero hay días que llegas a casa y lo único que quieres es quedar con las de siempre. Las de antes de todo esto.
Con las que sigues siendo, simplemente, la del columpio de al lado.
Hay una pregunta que casi nadie hace. Supongo que porque la respuesta rara vez le es útil a alguien. O porque da vértigo hacerla en serio.
¿Quién eres?
No lo que haces. No con quién. No en qué punto estás ni a dónde vas.
Tú. Antes de todo eso.
Luna ya se ha dormido. Y mi café está frío.
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08:30 a.m.
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