No. 3 — Tranquila. Solo tienes veintitrés años
Sobre las amigas que se van, la sensación de ir tarde y hacer cosas antes de estar lista.
Son las 17:43 del martes. Estoy sentada en el escritorio del salón de casa de mi madre. Hay unas calas blancas a mi lado y la luz entra por el ventanal. Se refleja en el parquet. Todavía no sé si hacerme un café.
El jueves pasado quedé con mis dos mejores amigas. Una de ellas se va. A Tailandia. Por amor, por oportunidades, pero sobre todo por amor, y ese orden importa.
Habíamos quedado a las 20:30. Eran las 21:15 cuando bajé del taxi con el ramo de lirios blancos y rosas que habíamos elegido para dárselo de sorpresa. Ellas ya estaban esperando en la puerta. Le Clan. Estaba lleno, obviamente. Un jueves en Serrano sin reserva, cómo no. Llamamos a otro de mis sitios favoritos de la zona, también lleno. Hasta que en Maps apareció Taberna Nonnetta, a dos minutos andando. Perfecto, porque llevábamos tacones, bolsos, chaquetas que sobraban, y el ramo. No podíamos ir mucho más lejos.
Cuando entramos, la barra se giró. No dijimos nada. No hizo falta.
Le dijeron a mi amiga que estaba lleno. Salimos. Y entonces salió el camarero, levantó el tono y nos dijo: “¡Chicas, esperad, os ponemos una mesa, venid!”. Había gente esperando delante de nosotras. Nos íbamos a ir. Pero, obviamente, no podíamos decir que no.
Focaccia. Parmigiana. Pizza cuatro quesos y trufa. Un vino blanco dulce que el camarero eligió por nosotras. Y cuando ya parecía que se iba a acabar la noche, pornstar martini. Nueva obsesión: la maracuyá. Increíble.
Luz bajita, flash de cámara, velas, risas. No fue una despedida. Antes de pedir la cuenta ya teníamos el viaje a Bangkok planeado para dentro de dos meses.
Volví en el Uber feliz. No del vino, lo prometo. De esas noches que no necesitan explicación. Y de tener a dos mujeres que admiro, con las que se puede hablar de todo y, sobre todo, con las que se puede ser. De esas.
Hay amigos para todo y amigos para cada cosa. Los que son para reír recordando anécdotas en un restaurante donde, sin darte cuenta, estáis hablando más alto que todo el mundo a carcajada limpia. Los que son para salir “tranquilos” y volver a casa a las 7:00 de la mañana después de acabar en un after que no sabéis ni cómo llegasteis. Los que te conocen desde antes de tu desarrollo de personaje, y tú a ellos, con los que ya no tenéis casi nada que ver pero que siempre habrá algo que os une, que no se va. Quien te hace ser más ambiciosa solo con estar en la misma habitación.
No todos son para lo mismo. Y está bien.
Pero hay conversaciones que no encuentran sitio en ninguno de esos grupos. Demasiado serias para una noche de cosmopolitans, demasiado personales para un grupo de WhatsApp, demasiado largas para una nota de voz.
¿Y dónde van esas conversaciones que no tienen sitio en ninguna de ellas?
Aquí. Este es ese sitio. Bienvenida.
Hay algo en nuestra generación que no termino de entender del todo, pero que reconozco en mí misma y en casi todo el mundo que conozco: esa necesidad de irse. Lejos. Cuanto más lejos, mejor.
Siempre fui esa niña. La que quería estudiar fuera, la que iba a cualquier intercambio que hubiera, la que se fue todo el verano a vivir a Estados Unidos, la que se marchó a Irlanda con una familia que no conocía de nada, la que se mudó por amor a Barcelona. Y, aunque ahora estoy en Madrid, sé que tiene fecha de caducidad. No sé cuándo. No sé dónde. Solo sé que me voy.
¿Por qué sentimos eso? No lo sé del todo. Pero creo que tiene que ver con algo que no siempre nos atrevemos a llamar por su nombre. Nuestros abuelos emigraban. Lo llamaban necesidad. Nosotras lo llamamos oportunidad, aventura, experiencia. Le ponemos filtro, lo subimos a Instagram y lo hacemos parecer una decisión estética. Pero, en el fondo, es lo mismo: irse porque aquí no cabe la vida que queremos construir. Porque las oportunidades no son suficientes, porque el futuro se ve demasiado pequeño, porque hay algo ahí fuera que intuyes que existe y que necesitas ir a buscar por ti misma.
Y entonces abres las redes sociales y lo ves todo.
El nómada digital, la corporate girl que trabaja en Nueva York, la que tiene una pequeña cafetería de especialidad en Ámsterdam, el que se fue a Australia a trabajar de temporadas y viajar por el sudeste asiático, el profesor de surf en Costa Rica con el slow life. Antes no podías compararte con todo eso porque simplemente no lo veías. Ahora no puedes dejar de verlo.
Y con eso viene algo con lo que nuestra generación carga de una forma que me parece, a la vez, absurda y completamente comprensible: la sensación de ir tarde. Con veintitrés años. Tarde. Porque hay quien facturó su primer millón con dieciocho, quien tiene cinco pisos con veintitrés, quien ya es madre y construyó su propia familia. Y tú ahí, con tu café, preguntándote si estás haciendo suficiente. Si vas tarde. Como si los veintitrés fueran el TFG de la universidad con fecha de entrega.
Conozco a alguien que hizo todo bien. Buenas notas, carrera, máster, trabajo en una empresa que, en papel, era exactamente lo que se supone que debes querer. Y un día, en medio de todo eso, se dio cuenta de que algo no cuadraba. No era el trabajo, no era la empresa, no era nada concreto que pudiera señalar. Era que se levantaba cada mañana apagado, como en blanco y negro, sin nada que le motivara o por lo que mereciera la pena luchar. Sin dirección. Dando tumbos hacia adelante con la sensación de que quizá esto no era lo suyo, pero sin saber muy bien qué lo era.
Lo intentó por otra vía. Otro máster. Prácticas. Oposiciones que se iban posponiendo sin entender del todo por qué. Hasta que lo entendió. Lo posponía porque, en el fondo, sabía que no era ese camino el que quería tomar. Pero tenía miedo.
Una de las peores sensaciones que puede vivir alguien es tenerlo todo en papel y sentirse vacío igualmente. Ese “¿y ahora qué?” cuando el camino correcto resulta no ser el tuyo.
Ahora está cambiando de rumbo. Tiene veintiséis años. Y no va tarde.
“¿Pero no vas a trabajar de lo tuyo?” Es la pregunta que más he escuchado desde que entré a trabajar en el mundo de la moda después de estudiar Relaciones Internacionales. No con mala intención, nunca es con mala intención. Pero con una mente que asume que elegiste una carrera para hacer exactamente eso y nada más. Que el camino va de A a B y que cualquier desvío significa que algo salió mal.
Yo no me veo en una oficina en Bruselas. No me veo postulando para un partido ni redactando informes para ninguna institución. Y eso no significa que eligiera mal, significa que lo que aprendí me dio herramientas que uso de formas que nadie anticipó cuando me matriculé. Entender cómo funciona el mundo, tener nociones de empresa, de política, de historia, de derecho, de comercio internacional. Todo eso está ahí. Solo que lo estoy usando de otra manera.
El problema no es el camino. El problema es asumir que solo hay uno correcto.
Está bien montar una empresa con veintidós años. Está bien hacerlo con cuarenta. Está bien escribir tu primer libro con cincuenta, cambiar de ciudad con treinta y dos, apuntarte a lo que siempre quisiste cuando ya no eres la más joven de la sala. Nadie te dio un plazo. Te lo inventaste tú.
El problema nunca fue el ritmo. El problema es que nunca habíamos tenido tanto acceso al ritmo de los demás.
Vidas reales, vidas inventadas para enseñar, vidas reales que parecen inventadas. Y el algoritmo, que no distingue entre las dos, te las sirve todas juntas en el mismo scroll.
La comparación es fácil. El vértigo, también.
Y en medio de todo ese ruido, hay algo que casi nadie dice en voz alta pero que reconozco en casi todo el mundo que conozco: no saber muy bien dónde encajas. Tanto si tienes ambiciones que tu entorno no termina de entender, como si sientes que los demás ya llegaron a algún sitio mientras tú todavía no sabes muy bien a dónde vas. De las dos formas, te sientes fuera de lugar.
Ni aquí ni allá. Todavía construyendo. Todavía buscando las preguntas correctas antes de tener las respuestas.
Y eso, aunque nadie te lo diga, es exactamente donde tienes que estar.
Lo que para mí es éxito, para ti quizá no tiene nada que ver. Y está bien. Nadie ha dictado que sea más válido opositar, formar una familia y quedarte cerca de los tuyos que mudarte a Nueva York, no querer ser madre y construir algo propio. Que seguir el camino corporativo a tener tu propia empresa. Que ser ambiciosa en silencio que serlo en voz alta.
No hay una versión correcta. Hay la tuya. Y una vez que lo entiendes, solo queda una cosa.
Literally, just do things.
No como frase cursi que se guarda en Pinterest. Como recordatorio de que casi nada de lo que impacta ocurre desde la certeza. Antes de emprender, antes de publicar, antes de empezar de cero, vas a tener mil dudas. Y hay cosas que hay que hacer con miedo, con peros, con cansancio, sin estar motivada, sin tenerlo todo claro. Hay cosas que hay que hacer porque algo, dentro de ti, te lo pide. Y ese algo, cuando aparece, no suele equivocarse.
Así que, si hay algo que llevas posponiendo, lo que sea, lo tuyo, quizá la pregunta no es si estás lista. Quizá nunca vas a estarlo del todo. Y quizá eso no importa tanto como pensabas.
Y si acabas de llegar, bienvenida. Guarda un hueco los lunes a las 08:30.
Me voy a hacer ese café.
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08:30 a.m.
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