No. 2 — Hacerse mayor es aburrido
Todo lo que perdí por el camino sin darme cuenta.
Hace un par de meses, entre cajas de cartón y cinta adhesiva, encontré un cajón que no había abierto en años. Cinco estuches. Rotuladores de todos los colores existentes, bolígrafos que probablemente ya no escriben, libretas a medio terminar con portadas personalizadas a mano. El tipo de cosas que una niña de doce años considera completamente imprescindible y que una de veintitrés mira con una mezcla de ternura y algo parecido a la culpa.
¿Cuándo fue exactamente? ¿Cuándo se dejaron los hobbies en algún cajón y se cerró?
Fue gradual, silencioso, casi imperceptible. El instituto, la universidad, la vida adulta con sus responsabilidades reales, supongo. El “no tengo tiempo” que de alguna forma convive perfectamente con cuatro horas diarias de doomscrolling sin recordar qué estabas viendo. Los hobbies no se abandonaron por falta de tiempo. Se abandonaron porque en algún punto dejaron de parecer cool, justificables.
Esto no va a ser un “hobbies that I find chic” al uso, de esos que te guardas en TikTok para luego replicar y sentirte chic porque alguien que ni conoces te dice que lo es. Hoy, esta carta va sobre esos hobbies que, sin darme cuenta, fui perdiendo por el camino. Y con ellos, también, una parte de mí.
Escribir cartas a mano.
Cartas. En papel, con bolígrafo, con la letra que probablemente has empeorado desde que dejaste de usarla. Hay algo en el acto de escribir a mano que obliga a pensar antes de hablar. A elegir las palabras con una intención que los mensajes de texto no requieren. Una carta es un acto deliberado en un mundo que premia la inmediatez por encima de casi todo lo demás.
Las mejores cartas no siempre llegan a su destinatario. Cartas a personas que acabas de conocer y que sabes que no volverás a ver. A tu yo del futuro. A quien ya no está. Cartas que escribes, quizá, para soltar algo que no sabes cómo decir en voz alta. Escribir para soltar es uno de los actos más honestos que existen y hacerlo a mano, con el tiempo que eso implica, todavía más.
Leer libros en papel.
Con sus páginas, su olor, sus esquinas dobladas y las anotaciones al margen de quien lo leyó antes. Hay algo completamente diferente en quien le gusta leer. La que puede hablar de sus lecturas recientes con criterio propio, la que tiene un signature author, la que trajo un libro de souvenir de su último viaje porque en una librería pequeña, de casualidad, encontró lo que decidió que sería su próxima lectura.
Y hay algo en regalar un libro que no tiene equivalente. El tiempo que implica elegirlo. El “te conozco, y esto es para ti” que no hace falta decir en voz alta porque ya está en la elección.
Y no tienen que ser los grandes clásicos. No tiene que tener ochocientas páginas ni salir en un foro de lectores para que cuente. No tiene que impresionar a nadie en una conversación. Chic no es lo que otros deciden que es. Es lo que tú eliges, con criterio, sin pedir permiso. Y elegir leer, sin más motivo que el placer de hacerlo, es exactamente eso.
Le escribo a la niña de diez años que devoraba libros, que se pasaba las tardes leyendo e imaginando cada detalle, dándole forma, poniéndole olor. Que por algún motivo que todavía desconozco dejó de parecerle cool y se pasó a Twitter y vídeos de quince segundos. Oye. Vuelve.
Aprender un idioma.
Estoy estudiando chino. Bueno, intentándolo. Hay algo en el proceso de aprender un idioma que no se parece a nada: la torpeza del principio, el momento en que algo encaja por primera vez, la sensación de que una nueva puerta acaba de abrirse hacia algo que todavía no sabes bien qué es.
¿Por qué se aprende un idioma? Por amor. Una ciudad nueva. Un trabajo. Una vida que todavía no existe pero que ya se está construyendo en otro idioma. Cada respuesta dice algo diferente de la persona.
Y hay algo irresistiblemente atractivo en conocer a alguien y descubrir de repente que habla otro idioma. Que suena su teléfono y cambia sin avisar. Dos idiomas, dos versiones de la misma persona. Nunca me cansa.
Coleccionar.
Hay un cajón cerrado con llave en la habitación de mi tío. De pequeña, cuando llegaba a su casa, le pedía siempre que me lo abriera. Dentro: su colección de plumas. Ordenadas, cuidadas, cada una con su historia. La primera que me regaló fue por mi noveno cumpleaños, una Montblanc negra con detalles en blanco que, por supuesto, todavía conservo.
Hay algo profundamente chic en coleccionar. No como acumulación, sino como criterio, la decisión de que algo merece ser guardado, cuidado, ordenado. Sellos, flores secas de ramos que de otra forma se perderían, monedas, postales, primeras ediciones. Cada colección es un diario sin palabras. Un mapa de lo que una persona encuentra bello, interesante, digno de conservar.
Tener un hobby raro.
Viajes largos en carretera. Música en la radio. Y las capitales.
Estudiar las capitales y las banderas del mundo no tiene ninguna utilidad práctica, ninguna en absoluto, y lo encuentro completamente chic. Mi padre conduciendo, mi madre de copiloto, mi hermano y yo detrás discutiendo sobre si la pregunta era justa: “¿Cuál es la capital de Kazajistán?” “¡Papá, eso no cuenta!”
Lo mismo con los sudokus. En papel, siempre en papel. Hay algo que relaja en escribir todas las opciones posibles en pequeñito, en que se vea caótico por fuera y tenga todo el sentido por dentro. Y terminarlo. Esa satisfacción específica de terminarlo.
Y luego está la gente que hace velas caseras, que teje su propia ropa, que hace cerámica, que sabe absolutamente todo sobre un tema concreto y podría hablar de ello durante horas. La que se obsesiona con el café. La que sabe de vino sin ser pretenciosa. La que puede contarte la historia completa de un evento histórico con el entusiasmo de quien lo vivió. Solo quiero escucharte. Durante horas. No pares.
Tocar un instrumento.
En mi caso, el piano. Y lo dejé, como se dejan casi todas las cosas, porque había exámenes, porque otras cosas parecían más urgentes, porque el “no tengo tiempo” es la excusa más cómoda que existe. Quiero retomarlo.
No hay nada más chic que poder transmitir cómo te sientes sin usar palabras. Recuerdo cuando venían amigos o familia a cenar y tocaba algo en el salón. La emoción en la cara de quien te escucha. La intimidad de ese momento, real, compartida, sin filtros. Tocar un instrumento es una forma de mostrar vulnerabilidad que muy poca gente se permite. Y eso, precisamente, es lo que lo hace tan especial.
Dibujar.
Tumbada en la cama escuchando música, sentada en la terraza de una cafetería con un espresso, en un aeropuerto lleno de historias por contar de las que nunca sabremos el final.
Dibujar como diario visual. Recordar la vida a través de sketches hechos a trazo rápido, sin técnica perfecta ni precisión.
El ajedrez.
Date night. Londres. Él y yo. Como siempre. Nosotros. Las mejores cosas son de casualidad, y esto no es la excepción. Las 19:00, Knightsbridge y ganas de italiano, como siempre. Mila1, un pequeño restaurante que en la parte de atrás tiene un mercado de producto local.
Pasta. Vino. Besos. Risas. Y un tablero de ajedrez que usamos hasta que cerraron.
No he vuelto a jugar desde entonces. Pienso en ello más de lo que debería. Igual que en un tablero de mármol verde oliva y blanco roto que vi en Pinterest hace semanas y que no he podido dejar de buscar. ¿Lo compro? ¿Debería?
Estrategia. Paciencia. Conversación en silencio. Presente.
Las manualidades.
La niña que personalizaba las portadas de sus cuadernos cada año. La que tenía un armario entero con cuerdas, hilo, pinturas, rotuladores y papel de todos los tipos existentes. La que sigue siendo la amiga que hace invitaciones cuando hay la mínima excusa. ¿Girls’ night? Tendrá su invitación, por supuesto, con nombre escrito a mano y en su sobre de papel kraft.
Lo que no termino de entender es por qué los hobbies tienen edad. Nadie lo dijo explícitamente, nadie se sentó a explicar que las manualidades se dejan al cumplir dieciséis años. Simplemente ocurrió. Y no tiene por qué seguir siendo así.
Hay algo en recuperar un hobby que no tiene que ver con la productividad ni con el resultado. Tiene que ver con recordar que una es más que lo que produce, más que su trabajo, más que la vida perfecta que tanto se esfuerza en mostrar en Instagram. Tiene que ver con volver a ser, aunque sea por un rato, la niña que tenía cinco estuches llenos de rotuladores y los consideraba imprescindibles.
No hace falta apuntarse a todo mañana. Pero sé que hay algo, algo que se dejó en algún punto del camino, que sigues mirando con más cariño del que admites.
Voy a empezar por las cartas. Y por el ajedrez de mármol.
¿Y tú?
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08:30 a.m.
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Hace rato que no leía un artículo largo y de verdad fue un gusto leerlo, y es que tienes tanta razón, al menos en mi caso también hay muchos hobbies que dejé atrás por esa "falta de tiempo" que tengo gracias al trabajo, pero realmente, es por esa falta de motivación o que sin querer, dejas olvidada esa parte de ti que en otro momento habría aprovechado al máximo aunque sea 1 hora que tuvieras libre. Escribes increíble <3<3<3
Si pones un antagonista. Te sale América Psicho 2. Escribes genial.