Esta mañana he pensado en mis padres. En su juventud.
A los veintipocos tenían un trabajo estable. Con un solo sueldo compraron una casa. Después llegaron los hijos, las vacaciones en agosto y cuarenta años en la misma empresa.
Era lo normal.
Y creo que ahí está la diferencia.
Porque hoy, precisamente, lo normal es la excepción.
Mi generación hizo todo lo que le dijeron.
Estudia.
Saca buenas notas.
Ve a la universidad.
Aprende inglés.
Haz un máster.
Haz prácticas en un buen sitio.
Muévete.
Sé flexible.
Ten iniciativa.
Construye tu marca personal.
Haz networking.
Aprende un tercer idioma.
Especialízate.
Diferénciate.
Mi generación hizo todo.
Absolutamente todo.
Y, aun así, nadie nos garantiza nada.
Cuando mis padres eran jóvenes, hablar inglés era una ventaja competitiva.
Hoy es el requisito mínimo.
La carrera ya no te diferencia.
El máster tampoco.
Haber vivido fuera tampoco.
Ni siquiera acumular experiencia parece suficiente cuando una oferta “junior” exige de tres a cinco años de experiencia previa.
Tres años.
Para empezar.
Buscan a alguien de treinta años con la experiencia de uno de cuarenta y el salario de uno de veinte.
Y entonces miro a mi alrededor.
No me miro a mí.
Porque sé perfectamente que mi situación es una excepción.
Tengo un trabajo que me gusta, en una industria con la que soñaba. He vivido en varias ciudades con veintitrés años. Tengo trabajo desde antes de terminar la carrera. Estoy independizada.
Soy consciente del privilegio.
Pero también soy consciente de que no es la realidad cuando sales a la calle y mínimamente te paras a observar.
La realidad son amigas brillantes encadenando prácticas durante años.
Prácticas curriculares.
Prácticas extracurriculares.
Prácticas después de las prácticas.
Cursos que no quieren hacer, pero que necesitan para poder firmar otro convenio.
Contratos temporales.
Promesas.
“Cuando haya una vacante te tendremos en cuenta”.
“Estamos muy contentos contigo”.
“Ya veremos más adelante”.
Siempre más adelante.
Mientras tanto, hacen trabajo real.
Asumen responsabilidades reales.
Generan valor real.
Después tenemos que escuchar que los jóvenes no quieren trabajar.
Basta con observar durante cinco minutos para entender que el problema nunca fue la falta de ganas.
Sí. La gente joven trabaja.
Muchísimo.
Lo que ocurre es que cada vez está más cansada de correr detrás de una línea de meta que no deja de alejarse.
No quieren trabajar, dicen.
Y, sin embargo, llevan años aceptando condiciones que generaciones anteriores jamás habrían considerado normales.
Con 700€ al mes no se vive en Madrid.
Ni con 1000€.
Ni 1200€.
No la vida para la que estudiamos.
No la vida que justifica todos aquellos esfuerzos previos.
Porque detrás de cada máster hay unos padres que hicieron cuentas.
Detrás de cada intercambio hay una familia que renunció a cosas ese año.
Detrás de cada estudiante que pasó un año en Estados Unidos hay alguien que quiso darle oportunidades que él nunca tuvo.
Y después llega la realidad.
La generación más preparada de la historia preguntándose por qué parece que nunca es suficiente.
Por eso tantos se marchan.
Australia.
Suiza.
Países Bajos.
Finlandia.
No es una aventura.
No es contenido para TikTok.
Tiene un nombre mucho menos elegante.
Se llama emigrar.
Ingenieros.
Arquitectos.
Abogados.
Médicos.
Sirviendo cafés.
Poniendo copas.
Haciendo trabajos para los que están sobrecualificados.
Pero cobrando sueldos que les permiten algo que no habían experimentado.
Vivir.
Pagar un alquiler.
Ahorrar.
Planificar.
Imaginar un futuro sin sentir vértigo.
Y quizá esa es la conversación que deberíamos estar teniendo.
No por qué los jóvenes no quieren trabajar.
El problema no es una generación de cristal.
Es una generación que descubrió que seguir todas las reglas ya no garantiza la recompensa que le prometieron.
Una generación educada para competir.
Para acumular títulos.
Idiomas.
Experiencias.
Líneas en el CV.
Y que, cuando llegas a esa meta que te ponen desde los catorce años, cuando empiezan a preguntarte a qué te quieres dedicar, te das cuenta de que no hay nada.
Y quizá es irónico que escriba esto yo en mi situación. Pero te aseguro que mis amigas, que están hasta las ocho de la tarde en la oficina para quedar bien y no irse antes que su jefe, para demostrar su compromiso; que luego van al gimnasio porque recuerdan que tienes que moverse; ayudar a sus padres; cuidar sus relaciones; actualizar su perfil de LinkedIn. Y esta enumeración que nunca termina (si quieres profundizar en este tema, te invito a leer la Carta No. 7). No tienen energía ni tiempo para esto.
Porque, si algo he entendido observando a mi generación, es que el tiempo se ha convertido en un lujo.
El tiempo para leer.
Para aburrirse.
Para pensar.
Para escribir algo que no tenga una utilidad inmediata.
Es un lujo.
Tengo una carrera.
Tengo un máster.
Hablo inglés.
¿Y ahora qué?
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08:30 a.m.
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Que compartas la carta. Las mejores cosas siempre llegan recomendadas.
Vernos cada lunes a las 08:30 en tu bandeja de entrada.
No. 10 — Deja de usar la camiseta de Coca-Cola como pijama
Hace poco una de mis mejores amigas me dijo algo que se me quedó grabado y de donde nace esta carta:
No. 9 — Lo que nadie me contó de la industria de la moda.
Son las 22:47 de un jueves. Estoy en el sofá con las piernas recogidas y una luz que no da para leer bien. Esta semana se estrenó la segunda parte de The Devil Wears Prada.






Ufff empatizo con lo que comentas pero por mi parte debatirte dos cosas:
Por mucho que parezca injusto, hablar una tercera lengua ya no se considera nada especial. En un mercado laboral europeo compites con talento que habla 4 o 5. En el contexto de nuestros padres, España o bien aún vivia bajo una dictadura (y cierre total) o se estaba empezando a abrir a Europa. La realidad del mercado laboral era muy distinta.
Por otra parte, no toda la gente qualificada que emigra lo hace para ser camarero. Es una narrativa que suelo oir precisamente desde talento que ha decidido quedarse en España (no sé si por sentirse mejor con su elección o por falta de research). La mayoría es capaz de encontrar un puesto de lo suyo y con un pelín de suerte, super bien pagado. Creer que emigrar como talento cualificado solo puede significar renunciar a tus metas te cierra puertas muy interesantes.